viernes, 4 de enero de 2013

La Casa del Tiempo

La casa de mis amigos era espaciosa. Resistía el tiempo. Tenían una habitación iluminada, de corte oriental y puertas correderas. Me enseñaban cómo se las habían arreglado para editar un vídeo que se me había ocurrido, juntando el sonido de cierta película con el vídeo de una parodia en un programa de televisión. Sus padres nos iban trayendo comida. La que no nos comíamos la tiraban a la basura, así que hubo un trozo de carne empezada que rodeé con una servilleta y guardé en mi bolsa. Seguimos dándole vueltas a cómo mejorar el vídeo. Por ejemplo contratando a grandes actores de doblaje, para que la actuación fuera mejor que la del programa televisivo, y a la vez no se saliera de la boca del mal actor televisivo. Pensé que debía mostrarme eufórico con la idea, pero sólo sentía que a fin de cuentas era un vídeo del montón, no iba a ayudar a mejorar el mundo, ni iba a marcar un antes y un después; no merecía tanto trabajo. A todo esto, mientras tanto el padre había llamado a comer a la mesa. Mis colegas ya se habían ido. Yo aún tenía en la mano un trozo de carne, que con vergüenza rodeé con otra servilleta para guardarlo en mi bolsa. ¿Y si se pudría el primer trozo?

Aunque me hubieran invitado a la mesa, no tenía apetito. Jugué en el pasillo a un videojuego portátil de Sonic en el que al principio eras una especie de alma que buscaba el cuerpo del prota. Lo encontraba en una caverna que en sus tiempos fue submarina. Recordándolo en frío, era otra habitación de la casa, oscura y desordenada. En la gruta llena de calcetines encontrabas una canica plateada, Sonic. Con la opción Abrir, abrías el sarcófago, y de él salía una especie de calculadora que te decía la contraseña para resucitar al erizo, y ya podías jugar con él. Parecía un juego improvisado con la imaginación en el momento. Estaba distraído con esto cuando oí unos quejidos en el dormitorio detrás de mí. No les hacía caso, pero cuando tornaron en llantos, me tuve que levantar. Decían que yo era el asesino de su madre. Cierto era que después de salir de la habitación del fondo había encontrado un cadáver en la casa sentado en un poyete al doblar la esquina. Pero yo no tenía nada que ver, casi ni me acordaba, ni siquiera era el cuerpo de la madre. Entré en el comedor y le pedí al padre que callara al hijo pequeño; que no me molestaba que me trataran de asesino porque sabía que no lo era, pero que necesitaba jugar tranquilo. El tiempo pasaba muy rápido en aquella casa.


Hice caso a un consejo que me dio alguien, y que había olvidado: “Jamás salgas de la habitación del fondo”. Regresé a ella. De repente me hacía sentir seguro estar en su interior. Después de haber estado fuera, valoré aún más su imitación del estilo japonés de los años 50. Cerré tras de mí la puerta corredera principal, maciza. No tenía cerrojo. Mientras rodeaba la mesa baja en dirección al cuarto de baño, me pareció estar dentro del flashback de Ringu; me tranquilizaba estar en un lugar familiar, aunque hubiera sido extraido de una peli de terror. La puerta corredera del aseo era doble: primero una de madera y papel, luego una occidental de cristal esmerilado. Al abrir, distinguí por el cristal una figura humana sentada. Me encontré con otro cuerpo en sangre. La madre. Antes de poder pensar en sacarla de mi refugio o salir yo, despertó. Echó el cerrojo. Ahora que veía que estaba viva, apreciaba su belleza madura. Sacó una especie de diapasón formado por muchas articulaciones extensibles, como de bastón de ciego, pero destinada a convertirse en una larga vara metálica con la que me sujetaba contra la pared de la derecha.

—Yo soy tu amor —dijo—. Te voy a ayudar.
Y a través de la pared a mi izquierda, transparentándose desde dentro del aseo, veía que la habitación nipona era ahora una sala de exposiciones, y los turistas no podían penetrar la pared con su mirada para descubrir que nosotros estábamos allí.