martes, 16 de agosto de 2011

La historia definitiva de por qué tengo el brazo así

Estaba tranquilito en mi casa y nadie me iba a sacar de ella.

Leí en internet que el precio del billete de Metro subía un 50% y me enfurecí tanto que me puse a darle puñetazos al aire. Un puñete salió volando 180º hasta la esquina que hacía mi armario detrás de mí.
¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!
¡Qué dolor! Espera, que en un momento se pasa... No, no se pasa, mejor me voy al médico de Villalba, que es el único que sigue abierto. Pero cuando termine "Crime of the Century". Los Supertramp son sagrados.

Sujetando mi palpitante brazo derecho con el izquierdo, esperé un buen rato en la parada del autobús. Por fin pasó uno, pero el 685 hace una vuelta muy tonta por Los Negrales y lo tomo sólo como último recurso. Cuando vi que el 681 no llegaba, me acordé de que era sábado. Pedí un hielo en un restaurante gallego mágico (porque antes ¡había un chino!) y tiré para el tren, en cuya cantina me dieron otro, enservilletado para no quemarme la piel.
Anocheció.

En el médico de Villalba tenía por delante de mí un bebé con fiebre y sus papás. Pero entraron desesperados un calvo que le dolía el cráneo por la columna, y una mujer que se había caído en la ducha cortándose bajo un ojo, y cuya frenética madre temía un derrame. Al tocarme entrar a mí y a la del bebé, cedí mi puesto a la del ojo, pero en la discusión el calvo aprovechó y se coló también. La madre del bebé, que usaba velo, lloraba ninguneada. Unos ancianos detrás de nosotros le dijeron:
Tranquila, no lo hacen por racismo, es que tal y cual...
Y yo:
Claro, porque tal y cual pascual...
Luego la médico finalmente confirmó mis temores. No era un inofensivo esguince. Parecía una fractura en toda ley. Nunca en toda mi vida me he acordado tanto de Valle-Inclán. Me aconsejaron ir al hospital Puerta de Hierro. Al salir, el marido de la del ojo me dijo: Gracias. Gracias por las gracias, pensé mientras, ahora consciente de mi dolencia, llevaba el brazo como un zombie.

Subí por trazados paralelos a la Calle Real, esquinas oscuras, empinadas y en obras que no había cruzado jamás. Tenía un mucho de aventura excitante, pero un poso de "y yo que estaba tan a gustitoooo". Abordé el último 685. Si lo llego a saber cojo aquel primero a las 21, pero de todas formas como nunca había ido, no sabía ni dónde bajarme. Y los hombres no preguntamos por lugares. El conductor de dicho bus dijo que hasta Majadahonda no llegaba.
- ¿Y yo cómo voy al hospital? -eso sí lo preguntamos.
- Como no te bajes a Madrid, y a partir de ahí...

Tomé un 684 directo a Moncloa. El conductor me pidió al entrar que metiera el abono en una maquinita que sirve para que no tengan que fijarse en si cada billete es verdadero o no.
- Sólo puedo usar una mano.
- Ah, vale, perdona.
Mientras bajábamos por la N-6, miraba mi querida mano diestra en una pose poco favorecedora. La ponía medio torcida para no sentir una extraña angustia física fría y localizada. ¡Aguanta, cariño! ¡Te vas a curar!

Recordaba de hace años un hospital justo al lado del intercambiador de autobuses, de cuando estuvo mi abuela ingresada y jugaba a perderme en los ascensores. Las puertas diurnas estaban cerradas. No sé si di la vuelta por donde no era, pero el acceso a Urgencias se parecía al callejón donde mataron a los padres de Bruce Wayne. Una vez me aseguré de que no me asaltarían (me refiero a que pagaría la Seguridad Social), me senté en la sala de espera. Saqué mi libreta de ideas y, malamente con la mano izquierda, empecé a anotar todo lo que me había ocurrido. De hecho, también estoy usando exclusivamente la siniestra para teclear esto. Cansa, pero cuando le coges el truco no es complicado.
Me pusieron una pulserilla con mi nombre, mi nacimiento, y un código de barras. Qué agorero. Una primeriza (por su trato nervioso, no por su conocimiento de la materia) me martirizó apretando para comprobar si hacía falta una radiografía. Le pedí un vaso de agua y de vuelta a la sala de espera.
Luego una enfermera muy kawai de ojos café con leche, gafitas ovaladas, y unos arreglos en el pelo a medio camino entre coletas y moñitos, me sentó con la mano bajo las placas. Me tuvo que pegar el pulgar y el índice con un cacho celo para mantener la pose. También me puso un mantón de plomo sobre el regazo. Le pregunté:
- Esto es para que no traspase la radiación, ¿no?
- Sí, para que puedas tener nenes. ^^
Lo más coherente que pude llegar a responder a ese comentario tan encantador fue:
- Mira, si lees esa marca al revés, dice Tira Más...
Menos mal que la mayoría de las enfermeras no son así, porque si no andaría todas las semanas rompiéndome cosas.
Sala de espera. Me fijo en que mi cuadrante se ve con colores cálidos y dorados, mientras que el del fondo se ve verdoso. Estudio los tipos de fluorescentes. Los de allá son distintos, en clase y en distribución de la refracción lumínica. Es que ya me aburría un poco.
La traumatóloga González confirma que es una pequeña fractura sin desviación espiral, o algo así, y me dejo inmovilizar con una férula. Enfermeras rondan como hadas ayudando con las vendas. Aay, ay, cómo se queja.

De la vuelta casi no me acuerdo, pero fue un viaje largo. Para mi bus debía esperar casi una hora, así que tomé el nocturno a Villalba de las 2 de la madrugada, y desde ahí andando. Brazo en alto. Cuando por fin entré de nuevo en mi cuarto, no me lo creía.

¡Y yo que juraba que nadie me haría salir de casa!

1 comentario:

Purple dijo...

y por preguntar y eso... qué le dijiste al médico que había pasado? XDD